Historias de navidad (3/4)

¡Hola lectores y lectoras! Cada vez estamos más cerca de la Navidad, ya solo falta una semana y las historias son hermosas, esta ocasión les dejo unos relatos más para que los compartan con sus seres queridos, amigos y de más.

 

La niña de los fósforos – Hans Christien Andersen

Cuenta la historia que una vez había una niña que la última noche del año se encontraba vendiendo cerillas por la calle. Era tan pobre que el frío hacía de ella su mayor tortura, pero para empeorar la situación, en un momento en el que se disponía a cruzar la calle, corrió para no ser atropellada por los coches que venían, con tan mala suerte que perdió sus zapatos y no pudo volver a encontrarlos.

Anduvo descalza durante largo tiempo hasta que sus pequeños piececitos se pusieron morados por el frío. En su delantal guardaba un puñado de fósforos, ya que se ganaba la vida vendiéndolos por las calles, pero este día no había tenido suerte y se encontraba muerta de frío y sin un céntimo en el bolsillo.

Finalmente se sentó en el suelo ya que tenía miedo de volver a casa sin haber vendido nada, ya que su padre le pegaba a menudo. Decidió encender uno de los fósforos para calentar sus manos, y al principio se sintió como si de una estufa se tratase, ayudándole a soñar que se encontraba junto a una chimenea de leña. Pero poco después se apagó y procedió a encender un segundo fósforo y gracias a su luz pudo ver, gracias a su imaginación, el interior de una habitación una mesa puesta con algunas sabrosas frutas y un pato asado.

El pato salió de su bandeja y, portando un tenedor y un cuchillo, se dirigió a la pequeña, pero la segunda cerilla se apagó y dejó de ver. Por ello procedió a encender una tercera y en esta ocasión se encontró bajo un árbol de Navidad, hasta que se apagó y se dio cuenta de que las luces que veía eran las estrellas.

En ese instante vio pasar una estrella fugaz y supo que su abuela había muerto, y al encender la cuarta cerilla pudo ver su imagen y le pidió que la llevase con ella.

Para no dejar de verla encendió el resto de cerillas que le quedaban, y en ese instante, la abuela tomó su mano y la llevó con ella. Al día siguiente, en aquel rincón tan sólo quedaba el cuerpo de la pequeña que no había podido resistir al frío, pero ella ya se encontraba bajo el árbol de Navidad, junto a la chimenea y con todos los manjares que pudiese disfrutar.

 

El felicímetro

Dani estaba muy disgustado con Papá Noel. Era un niño muy bueno, pero le molestaba tremendamente ver que casi todos los años muchos otros niños, claramente más malos, recibían más juguetes por Navidad. Y fueron tantas sus quejas, que una noche el propio Papá Noel apareció con el trineo en su habitación, y le llevó con él al Polo Norte.

– Quiero enseñarte el mayor de los secretos – le dijo Papá Noel -. Si vienes te mostraré cómo decidimos cuántos juguetes recibe cada niño en Navidad.

Cuando llegaron, Santa Claus le mostró algunos raros artilugios, mientras le explicaba:

– Esto fue nuestro primer medidor de juguetes. Era una balanza, y los juguetes se regalaban por peso. Dejamos de usarlo cuando un niño recibió tantos globos que al explotar derrumbaron las paredes de su casa.

– Ese otro con forma de molde se llamaba ‘igualator’. Servía para asegurarnos de que todos los niños recibieran los mismos juguetes, pero como luego no tenía gracia cambiarlos con otros niños, nadie los quería… Puff, casi me quedo sin trabajo, hubo un año que apenas recibí unas pocas cartas y tuvimos que cambiarlo a toda prisa…

Y así fue hablando de los inventos que habían utilizado; algunos realmente ridículos, otros un poco simplones, hasta que finalmente dijo:

–  .. pero todo se arregló con este invento, y desde entonces cada año recibo muchos más millones de cartas que el anterior. Se llama Felicímetro, y sirve para medir la felicidad de los niños. Cuando visitamos un niño, ponemos en el felicímetro todo lo que tiene, y automáticamente nos dice los mejores regalos para él.

– Pues debe estar estropeado, a mí siempre me tocan pocos regalos… – protestó el niño.

– ¡Qué va! funciona perfectamente. Los niños que como tú tienen muchos amigos, unos papás y hermanos que les quieren mucho, son generosos y no buscan la felicidad en las cosas, tienen miles de puntos en el felicímetro, y regalarles muchos juguetes sólo podría bajárselos. Sin embargo, los niños que están más solos, o cuyos papás les hacen menos caso, o que no tienen hermanos ni amigos, tienen tan pocos puntos que da igual cuántos regalos añadamos al felicímetro: nunca pasan de la mitad… ése es el gran secreto del felicímetro: reciben más quienes de verdad menos tienen.

Como no parecía terminar de creerlo, aquella Navidad Dani acompañó a Santa Claus en su trineo llevando el felicímetro, comprobando él mismo cómo quienes más regalos recibían eran los menos felices de todos. Y no pudo evitar llorar cuando vieron un niño muy rico pero muy triste, que después de haber abierto cien regalos, pasó la noche solitario en su habitación…

Y sintió tanta pena por esos niños, que ya nunca más volvió a envidiar sus regalos y sus cosas, y se esforzó cada día por hacerles llegar a aquellos niños una pequeña parte de su gran felicidad.

 

El milagro de la navidad

Todo empezó con un profesor que decidió asignarles una tarea diferente a sus estudiantes en la víspera de Navidad. Al terminar la clase les dijo: – “Es tiempo de compartir nuestro corazón, así que lleven a tantos niños como puedan la alegría de esta Navidad”.

Fue así como un grupo de muchachos se animaron a cumplir con la asignación del profesor y salieron a comprar algunos regalos, que envolvieron y colocaron dentro de un saco. En Nochebuena decidieron que el mejor lugar para repartirlos era el hospital más cercano, donde seguro habían niños anhelando recibir los regalos de Santa.

Disfrazados de Santa Claus y cantando villancicos se aparecieron por sorpresa en el hospital, donde creían que a lo sumo encontrarían una docena de niños. Pero la realidad era que habían muchos más niños aquella noche internados, alrededor de una treintena. Los niños miraban expectante y con júbilo, esperando a ver qué sorpresas les traían estos Santas.

Los muchachos quedaron desconcertados, sabían que los juguetes que habían comprado no eran suficientes para tantos niños, pero tampoco podían romper sus corazones. Finalmente intentando no decepcionarlos, comenzaron a repartir los juguetes que traían a los más pequeñines, y acordaron que cuando se terminaran le explicarían lo sucedido a los más grandes.

Pero cuál fue la sorpresa al notar que cada vez que buscaban dentro del saco un regalo más, lo encontraban. Cada niño recibió su juguete y los muchachos apenas podían creer lo que había sucedido aquella noche. Sin poderle dar otra explicación a aquel problema que matemáticamente no tenía solución, decidieron pensar que se trataba de un milagro de la Navidad.

 

 

Escrito por

Orgullosamente UNAM. Empedernida fangirl. Lectora sin límite. Escritora con cuchillo. Viajera incansable. Melómana diversa. Comunicadora de lo bueno. Soñadora por siempre.

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